Colombia acelera la caída de nacimientos: cifras del Dane, señales de cambio social y el debate sobre qué políticas sirven
Introducción La conversación demográfica cambió de signo: durante décadas el temor global se concentró en el crecimiento acelerado de la población, pero hoy las alertas se activan por la caída de los...
Introducción
La conversación demográfica cambió de signo: durante décadas el temor global se concentró en el crecimiento acelerado de la población, pero hoy las alertas se activan por la caída de los nacimientos. En Colombia, los datos recientes muestran un descenso rápido que ya empieza a plantear preguntas económicas y sociales.
Tabla de contenido
- Introducción
- Hechos clave: nacimientos a la baja y defunciones al alza
- Qué muestran los datos por edades y por qué importa
- Migración y la posibilidad de una población en descenso
- Un “exceso de éxito” en planificación familiar y un nuevo escenario
- Retos económicos y sociales planteados en el texto
- Qué explicaciones aparecen: preferencias, pandemia y cambios en roles
- Qué dicen los datos sobre deseo de hijos
- Políticas que se han ensayado y límites reconocidos
- El debate en Colombia: informalidad, cuidado infantil y fertilidad
- Movimientos del sector privado mencionados en el texto
- Perspectiva
Hechos clave: nacimientos a la baja y defunciones al alza
Según las estadísticas vitales consolidadas publicadas por el Dane, en 2025 se registraron 433.678 nacimientos. La cifra fue 20.223 menor que la del año anterior y equivale a una disminución del 4,5%.
El contraste con años recientes también es marcado: en 2016 se reportaron 647.152 nacidos vivos. El texto señala que, para encontrar un guarismo comparable al nivel actual, habría que remontarse a cercanías de 1950, cuando en el territorio nacional vivían algo más de 12 millones de personas.
En paralelo, el país registró 283.378 defunciones en 2025, un aumento de 2,8% frente al año anterior. Con esos datos, el saldo neto se ubica en 150.300 individuos.
Qué muestran los datos por edades y por qué importa
El cambio también se ve en la fecundidad por edades. Las mayores reducciones se concentran en mujeres jóvenes, especialmente entre los 15 y los 24 años. Al mismo tiempo, el patrón reproductivo se desplaza hacia cohortes mayores: hoy el mayor número de nacimientos ocurre en el grupo de 25 a 29 años.
El texto advierte que el desfase entre proyecciones y realidad es significativo. Incluso menciona que, aunque los pronósticos vigentes dicen otra cosa, la población en edad escolar podría bajar en una tercera parte en algún momento de la próxima década, frente a la actual.
Migración y la posibilidad de una población en descenso
El artículo plantea que, al tomar el saldo neto y sumar los estimativos de migración a otras naciones, resulta “altamente probable” que la población esté disminuyendo.
Como ejemplo concreto, se menciona que España contabilizó la entrada con fines de residencia de unos 140.000 colombianos el año pasado.
Un “exceso de éxito” en planificación familiar y un nuevo escenario
Lo que ocurre se interpreta como un “exceso de éxito” de la planificación familiar. Desde los años sesenta, el acceso a métodos anticonceptivos se expandió de manera sostenida, lo que permitió que millones de mujeres ejercieran control sobre su fecundidad. En ese proceso, la maternidad pasó de ser un destino inevitable a ser, cada vez más, una decisión.
El texto atribuye a esa transición efectos profundos: reducción del número de hijos por mujer, caída significativa de los embarazos adolescentes y ampliación de oportunidades educativas y laborales para las mujeres.
Además del descenso de nacimientos, se menciona un aumento de la expectativa de vida que se acerca ya a los 80 años, un cambio que altera el equilibrio entre generaciones.
Retos económicos y sociales planteados en el texto
El artículo plantea interrogantes asociados a un futuro con menos personas en edad de trabajar, lo que puede traducirse en menor crecimiento económico y una reducción de la base de contribuyentes.
Al mismo tiempo, el aumento de la población mayor implica mayores presiones sobre el sistema de salud y, especialmente, sobre el pensional. En esa línea, el texto sostiene que el desafío no es solo demográfico, sino económico y social.
Qué explicaciones aparecen: preferencias, pandemia y cambios en roles
Para entender el fenómeno, el texto cita a la economista y premio Nobel Claudia Goldin: el cambio se relaciona con una transformación en el rol de las mujeres, donde tener hijos compite con proyectos personales y profesionales.
También se plantea un punto adicional: mientras ellas han cambiado rápidamente, los hombres no lo han hecho al mismo ritmo. En esa lectura, la caída de la fecundidad no sería solo una historia de decisiones femeninas, sino también de condiciones sociales que no han evolucionado lo suficiente para hacer viable tener hijos.
El texto menciona el estudio de Alejandro Gaviria, El desplome de la fecundidad en Colombia, que describe una caída sostenida por variaciones estructurales como urbanización, mayor educación, acceso a anticonceptivos y cambios en aspiraciones de vida. Sin embargo, añade que en los últimos años hay una aceleración que no se explica únicamente por esas tendencias de largo plazo.
Se suma el impacto de la pandemia, que “pudo haber apresurado” decisiones como tener menos hijos o postergar la maternidad.
Qué dicen los datos sobre deseo de hijos
El texto contrasta el caso colombiano con lo que ocurre en varios países europeos, donde existiría una brecha entre el número de hijos deseados y los finalmente tenidos. En Colombia, según el artículo, esa distancia sería menor.
Con base en la Encuesta Nacional de Demografía y Salud de 2025, se afirma que algo más de las tres cuartas partes de las mujeres ya alcanzó la cantidad de hijos que considera ideal o no desea tener más. En esa lectura, pesan menos las restricciones económicas o de política pública y más el cambio en preferencias reproductivas.
Gaviria advierte que Colombia podría estar entrando en una fase de “ultrabaja fecundidad”. En el texto se cita su explicación sobre un “efecto de contagio social”, donde algunas parejas desisten al observar que otras a su alrededor no tienen hijos.
Políticas que se han ensayado y límites reconocidos
El artículo enumera medidas que distintos países han probado frente a la caída de la fecundidad. Entre ellas, el cuidado infantil (ampliar cobertura de guarderías, reducir costos y facilitar conciliación entre trabajo y familia), con evidencia de aumentos moderados, especialmente para la decisión de tener un segundo hijo.
También menciona políticas laborales como licencias de maternidad y paternidad más generosas, trabajo flexible y protección frente a discriminación, con resultados desiguales. Otra herramienta citada son los incentivos económicos (transferencias, bonos por nacimiento o beneficios tributarios), que pueden tener efectos visibles pero temporales y, en muchos casos, adelantar decisiones más que cambiar el número de hijos de forma estructural.
Finalmente, se menciona el apoyo a tratamientos de fertilidad, con “éxitos constatados” pero impacto general menor. La idea central del texto es que no existe una receta única que devuelva la fecundidad a niveles de reemplazo, sino combinaciones que, en el mejor de los casos, contienen parcialmente la caída.
El debate en Colombia: informalidad, cuidado infantil y fertilidad
En el texto, Luis Fernando Mejía, exdirector de Fedesarrollo, afirma que “la informalidad en Colombia cambia el menú de opciones” usado en otros países. Señala que las licencias parentales aplican al sector formal, que “no llega ni al 43 por ciento de los ocupados”.
En contraste, destaca el cuidado infantil como una política con beneficio universal, porque no depende del vínculo laboral. También menciona la flexibilidad laboral como un componente viable, dado que la rigidez de horarios puede influir en el acceso de muchas mujeres a ciertos empleos.
El artículo recuerda que en 2020 la Corte Constitucional fijó reglas para el acceso a tratamientos de fertilidad con recursos públicos, bajo condiciones estrictas y sin convertirlos en una obligación general del sistema de salud. En ese debate, el Ministerio de Hacienda advirtió que atender a toda la población infértil podría costar cerca de 13 billones de pesos anuales. Por eso, el tribunal estableció un apoyo excepcional y focalizado, con criterios como falta de capacidad de pago, no tener hijos, viabilidad médica, agotamiento de alternativas, máximo de tres intentos y aportes parciales de los beneficiarios.
Movimientos del sector privado mencionados en el texto
El artículo señala que, mientras el tema se discute, el sector privado empieza a moverse en distintos países, con compañías que incorporan beneficios de fertilidad en estrategias de bienestar laboral.
En ese contexto, se cita a Catalina Ricaurte, gerente general de Merck para el Cono Norte y presidenta de Afidro: “Los retos demográficos no deben ser ajenos al sector empresarial”. Y agrega que han incorporado beneficios para respaldar a colaboradores, incluyendo acceso a servicios de fertilidad y alternativas como el congelamiento de óvulos.
Perspectiva
Este caso muestra un giro relevante: el debate ya no se limita a cuántos nacimientos hay, sino a cómo se reorganiza una sociedad cuando cambian simultáneamente la fecundidad, la estructura por edades y las expectativas de vida. En ese contexto se observa que las respuestas de política pública no son intercambiables: el texto subraya que medidas como licencias parentales dependen del empleo formal, mientras que el cuidado infantil puede operar como un soporte más universal.
También queda claro que el fenómeno no se explica solo por “falta de apoyos”, sino por preferencias reproductivas que, según la encuesta citada, ya se materializaron para una parte amplia de las mujeres. Eso obliga a que la discusión sea más precisa: si el cambio es de preferencias, las soluciones centradas únicamente en incentivos monetarios o en ajustes marginales del mercado laboral pueden tener efectos limitados o temporales, tal como se describe en el balance de políticas ensayadas.
La advertencia sobre presiones en salud y pensiones, junto con la posible reducción de población en edad de trabajar, sugiere que el tema debe tratarse como parte de la agenda económica y social, no como una conversación aislada de demografía. El reto, como plantea el texto, es reconocer el nuevo punto de partida antes de diseñar respuestas.


